No nos cerremos nunca a nada. No olvidemos que hay muchos, y cada vez habrá más y mejor, modos de ver películas.
Decíamos: una película hay que verla en el cine. En un lugar preparado para ello. Qué mejor que el ambiente, la sala oscura, la necesidad de salir de casa especialmente para la ocasión, dejar la televisión... El hecho positivo de decidir ir al cine ya es importante en sí, la calidad de la imagen, la pantalla grande, el magnetismo de la pared blanca, el sentirse inmerso en los acontecimientos que se suceden en la película... La magia de la sala comercial, la oscuridad el adentrarse en los ambientes y los nuevos sonidos que te sumergen en el ambiente.
En casa en la televisión, aún en vídeo, sin cortes publicitarios, es difícil establecer la misma relación con el argumento, con la técnica que en el cine.
Sin embargo, la tecnología mejora a tal velocidad que nuestros esquemas sobre el cine pueden llegar a caer en gran medida.
Todo está filmado o se puede filmar
Es difícil descubrir un solo tema o núcleo de contenidos que no esté tratado de alguna forma en el cine. Siempre es posible encontrar películas o documentales, que permitan su utilización como punto de partida en un debate, o como rasgo, dato o documento en una investigación o estudio.
Sin embargo, el cine como tal, es decir el cine cuyo soporte material se basa en el celuloide es cada vez más difícil de utilizar, dada la dificultad y coste económico que entraña la búsqueda de proyectores, operadores y películas. Al mismo tiempo cada vez se hace más fácil y eficaz la tecnología que nos permite ver el cine a través del vídeo o la televisión. Por esta razón en esta comunicación, siempre que se hable de cine, se entenderá que indistintamente podemos estar relacionándolo con su sucedáneo el vídeo, y en un futuro inmediato con cualquier otro soporte adecuado, como el DVD, que está sustituyendo al vídeo y que cuando los lectores de este libro lo tengan en sus manos casi habrá acabado con él.
En vídeo se ha publicado casi todo lo que en el cine hay de importante. Podemos analizar la infancia marginada con “El Chico”, de Charles Chaplin, la educación con “El pequeño Salvaje” de Truffaut, los valores por los que se mueve determinado tipo de juventud por “Historias del Kronen”, de Armendariz, o la dureza de la familia, la educación y la superación personal en “Padre Padrone”, de los hermanos Taviani. Podríamos citar cientos de films de todas las épocas, algunos que se están estrenando actualmente, en los que la historia que se cuenta y las imágenes que la sustentan se confunden en un maremagnum de estética, ideas, arte y contenidos.
Decíamos: una película hay que verla en el cine. En un lugar preparado para ello. Qué mejor que el ambiente, la sala oscura, la necesidad de salir de casa especialmente para la ocasión, dejar la televisión... El hecho positivo de decidir ir al cine ya es importante en sí, la calidad de la imagen, la pantalla grande, el magnetismo de la pared blanca, el sentirse inmerso en los acontecimientos que se suceden en la película... La magia de la sala comercial, la oscuridad el adentrarse en los ambientes y los nuevos sonidos que te sumergen en el ambiente.
En casa en la televisión, aún en vídeo, sin cortes publicitarios, es difícil establecer la misma relación con el argumento, con la técnica que en el cine.
Sin embargo, la tecnología mejora a tal velocidad que nuestros esquemas sobre el cine pueden llegar a caer en gran medida.
Todo está filmado o se puede filmar
Es difícil descubrir un solo tema o núcleo de contenidos que no esté tratado de alguna forma en el cine. Siempre es posible encontrar películas o documentales, que permitan su utilización como punto de partida en un debate, o como rasgo, dato o documento en una investigación o estudio.
Sin embargo, el cine como tal, es decir el cine cuyo soporte material se basa en el celuloide es cada vez más difícil de utilizar, dada la dificultad y coste económico que entraña la búsqueda de proyectores, operadores y películas. Al mismo tiempo cada vez se hace más fácil y eficaz la tecnología que nos permite ver el cine a través del vídeo o la televisión. Por esta razón en esta comunicación, siempre que se hable de cine, se entenderá que indistintamente podemos estar relacionándolo con su sucedáneo el vídeo, y en un futuro inmediato con cualquier otro soporte adecuado, como el DVD, que está sustituyendo al vídeo y que cuando los lectores de este libro lo tengan en sus manos casi habrá acabado con él.
En vídeo se ha publicado casi todo lo que en el cine hay de importante. Podemos analizar la infancia marginada con “El Chico”, de Charles Chaplin, la educación con “El pequeño Salvaje” de Truffaut, los valores por los que se mueve determinado tipo de juventud por “Historias del Kronen”, de Armendariz, o la dureza de la familia, la educación y la superación personal en “Padre Padrone”, de los hermanos Taviani. Podríamos citar cientos de films de todas las épocas, algunos que se están estrenando actualmente, en los que la historia que se cuenta y las imágenes que la sustentan se confunden en un maremagnum de estética, ideas, arte y contenidos.
El video te permite ver películas descatalogadas, no comerciales, antiguas, te permite volver atrás, analizar, aprender. El DVD permite además congelar la imagen con toda perfección, ampliar, guardar en el ordenador fácilmente, elegir idioma...
Antes veamos una película y guardábamos la magia del recuerdo durante años, una escena, una batalla, un beso... fuera de contesto quedaba en nuestro subconsciente mezclado con millones de experiencias placenteras, afectivas, duraderas, agradables o terribles...
Muchos de los cinéfilos guardamos esos recuerdos, leemos sobre cine pero muchas veces no tenemos la imagen, no la conocemos... Estuve años hablando de una película inefable, mítica, histórica, documental, grandiosa, ‘Nanuk el esquimal’ que nombraré alguna vez más en este libro, y logré verla en vídeo hace pocos años. Mi conocimiento era de libro. En antiguos debates cinematográficos había logrado conseguir otras películas de su director, pionero en el documental, Robert Flaherty, “Hombres de Arán”, por ejemplo, pero no la que he nombrado. Sucede con mucha frecuencia. Gracias a la televisión y al vídeo logramos ver joyas del cine imposibles de ver, o de volver a ver. Vi en mi infancia películas de las que guardaba recuerdos imborrables y que no he vuelto a encontrar. En otros casos he accedido a ellas gracias a la televisión, que me ha permitido grabarlas, volverlas a ver, disfrutarlas cuantas veces se desee y analizarlas; en otros, espero con impaciencia que la televisión las reponga.
Además, no desestimemos la tecnología, el DVD. Pronto veremos el cine en casa como en el cine, aunque siempre le falte el ambiente, el sentir de otras personas en silencio, o con el ruido de las palomitas que comparten contigo. Los sistemas de reproducción digitales han perfeccionado la visión, el sonido es tan bueno o mejor que en el cine, podemos tener ya en nuestras casas pantallas de tamaño considerable. También la industria cinematográfica da pasos de gigante. El celuloide se está acabando, hay cineastas que filman ya en vídeo o digitalmente y lo pasan más tarde al celuloide. Ya hay bandas sonoras en el celuloide que sustituye la tradicional señal luminosa por impresiones magnéticas. No hace falta esperar mucho para que la tecnología cinematográfica sea exclusivamente digital y que las viejas cámaras de proyección pasen a la historia, de adorno en cines o museos o para capricho de coleccionistas. Pero no nos asustemos que también han pasado a los museos los códices miniados, los incunables, la linterna mágica y el tranvía.
Antes veamos una película y guardábamos la magia del recuerdo durante años, una escena, una batalla, un beso... fuera de contesto quedaba en nuestro subconsciente mezclado con millones de experiencias placenteras, afectivas, duraderas, agradables o terribles...
Muchos de los cinéfilos guardamos esos recuerdos, leemos sobre cine pero muchas veces no tenemos la imagen, no la conocemos... Estuve años hablando de una película inefable, mítica, histórica, documental, grandiosa, ‘Nanuk el esquimal’ que nombraré alguna vez más en este libro, y logré verla en vídeo hace pocos años. Mi conocimiento era de libro. En antiguos debates cinematográficos había logrado conseguir otras películas de su director, pionero en el documental, Robert Flaherty, “Hombres de Arán”, por ejemplo, pero no la que he nombrado. Sucede con mucha frecuencia. Gracias a la televisión y al vídeo logramos ver joyas del cine imposibles de ver, o de volver a ver. Vi en mi infancia películas de las que guardaba recuerdos imborrables y que no he vuelto a encontrar. En otros casos he accedido a ellas gracias a la televisión, que me ha permitido grabarlas, volverlas a ver, disfrutarlas cuantas veces se desee y analizarlas; en otros, espero con impaciencia que la televisión las reponga.
Además, no desestimemos la tecnología, el DVD. Pronto veremos el cine en casa como en el cine, aunque siempre le falte el ambiente, el sentir de otras personas en silencio, o con el ruido de las palomitas que comparten contigo. Los sistemas de reproducción digitales han perfeccionado la visión, el sonido es tan bueno o mejor que en el cine, podemos tener ya en nuestras casas pantallas de tamaño considerable. También la industria cinematográfica da pasos de gigante. El celuloide se está acabando, hay cineastas que filman ya en vídeo o digitalmente y lo pasan más tarde al celuloide. Ya hay bandas sonoras en el celuloide que sustituye la tradicional señal luminosa por impresiones magnéticas. No hace falta esperar mucho para que la tecnología cinematográfica sea exclusivamente digital y que las viejas cámaras de proyección pasen a la historia, de adorno en cines o museos o para capricho de coleccionistas. Pero no nos asustemos que también han pasado a los museos los códices miniados, los incunables, la linterna mágica y el tranvía.
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